
Fuente: Página oficial de Maitena, humorista argentina.
Finalmente deseo para todos -como lo hiciera Ikram Antaki, esa sabia siria de nacimiento y mexicana por naturalización- que el año nuevo les traiga "paz y algunos libros".
A pesar de ser un tomo grueso, su lectura se antoja provocativa y desafiante. Imaginar al ya viejo Bernal Díaz del Castillo, que desde algún lugar de Guatemala se sienta a la luz de una candela a contarnos, como un abuelo, sus experiencias en tierras mexicanas, desde su primer contacto con los aguerridos mayas del sureste, hasta su participación en el asedio liderado por Hernán Cortés y que provocó la derrota de la ciudad lacustre de México-Tenochtitlán, capital del imperio Mexica -mal llamado "azteca".
Una mañana de sábado. Sensación de vacío. Pocos deseos de salir. Tomar el transporte público. El metro falla. Retrasarse. "Desalojen el vagón", piden. Tomar otra ruta. Percibir a lo lejos una cara conocida. Saludar. Intercambiar unas cuantas palabras. Despedirse. Transbordar a otra línea. Quedarse dormido en el vagón. Llegar a Ciudad Universitaria. Facultad de Ingeniería. Entrar al auditorio. Clase de teatro soporífera. Sensación de vacío dentro del auditorio. Tarde soleada de sábado. Sentir frío por dentro. Un par de llamadas. Regresar a casa. Transporte lento, lleno a reventar. Sentir entre el tumulto esa sensación de vacío que regresa. Llegar a casa. Abrir la puerta. Saberse solo. Subir a la habitación. Recostarse. Cerrar los ojos. Encontrar tras de los párpados la misma sensación de vacío. Quedarse dormido. Despertar un par de horas después. Una llamada. Una invitación a salir. Silencios. ¿Cómo explicar esta abulia? Disculparse por estar indispuesto. Noche de sábado. Silencio en la casa. El sentimiento de vacío está presente en cada rincón. Tomar té. Optar por irse a dormir. Una llamada más. Escuchar su voz desde el lugar en que se divierte. Despedirse. Desear cercanía. Volver a dormir. Despertar y encontrarse con que la sensación de vacío sigue ahí.
Cuántas personas duermen ahora mismo en esta parte del mundo y yo aquí, en vela frente a una pantalla. Pausadamente me suministro unos sorbos de té. Hace tiempo que no sufría de insomnio. Parece que ya empiezan a alterarme la tranquilidad las cosas que hay por hacer. Y el reloj sigue ahí: palpitando, palpitando. No faltará mucho para que escuche el despertar de los pájaros y para que, aproximadamente a las 6:15, se escuche la campana que anuncia la llegada de los recolectores de basura. Veré encenderse la luz en la ventana de la casa vecina. Percibiré el sonido de algunos vehículos que se niegan a arrancar y escucharé el paso apresurado de una mujer en zapatos de tacón. Bastará con que poco después mire por la ventana y note que ya está clareando. La manera en que ha sido construida esta casa me priva del espectáculo de la salida del sol. Cuando empiece a iluminarse allá afuera, tal vez ocurra lo que más me temía: empezaré a sentir sueño justo cuando tanta gente ha dejado de dormir y empiece sus actividades cotidianas. Me meteré a la cama como quien entra a una espelunca y dormiré como quien ha hecho de la noche, día.