No sé, hijos míos, qué mundo será el suyo. Es posible -todo es posible-
que sea aquel que deseo para ustedes: un mundo simple donde sólo exista
la dificultad que sobreviene de nada que no sea simple y natural. Un
mundo en que todo sea permitido conforme a su gusto, sus deseos, su
placer, su respeto por los otros y de otros hacia ustedes. Y es posible
que ni siquiera sea esto lo que les interese para
vivir. Todo es posible, aun cuando luchemos, como debemos luchar, por
todo cuanto nos parezca libertad y justicia, o más que cualquiera de
ellas, una fiel dedicación a la honra de estar vivo.
Un día
sabrán que en toda la humanidad es incontable el número de los que
pensaron así, amaron a sus semejantes en lo que tenían de único, de
insólito, de libre, de diferente; y fueron sacrificados, torturados,
golpeados y entregados hipócritamente a la secular justicia para que los
liquidase "con suma piedad y sin efusión de sangre".
Por ser
fieles a un dios, a un pensamiento, a una patria, una esperanza, o mucho
al hambre incontestable que les roía las entrañas, fueron
desentrañados, desollados, quemados o bañados con gas; y sus cuerpos
amontonados tan anónimamente como habían vivido; o sus cenizas dispersas
para que de ellas no quedase memoria.
A veces, por ser de una
raza, otras por ser de una clase, expiaron todos los errores que no
habían cometido o que no tenían conciencia de haber cometido. Pero
sucedió también que no fueron muertos. Hubo siempre infinitas maneras de
prevalecer, avanzando mansamente, delicadamente, por intransitables
caminos, como se dice que son intransitables los caminos de Dios.
Estos
fusilamientos, este heroísmo, este horror, fue una cosa entre mil,
ocurrida en España, hace más de un siglo y que por violenta e injusta
ofendió el corazón de un pintor llamado Goya, quien tenía un corazón muy
grande, lleno de furia y de amor. Pero esto no es nada, hijos míos.
Solamente un episodio, un breve episodio en esta cadena en que ustedes
son un eslabón (¿o no serán?) de hierro, sudor, sangre y algún semen, de
camino al mundo que sueño para ustedes.
He creído que ningún
mundo, que nada ni nadie vale más que una vida o la alegría de tenerla.
Es esto lo que más importa: esa alegría. He creído que la dignidad de
que les hablarán tanto, no es sino esa alegría que viene de encontrarse
vivo y de saber que en ningún momento alguien está menos vivo, sufre o
muere, para que sólo uno de ustedes resista un poco más a la muerte que
es de todos y que llegará.
Espero ardientemente que entiendan esto con serenidad un día –aunque el tedio de un mundo feliz los persiga-, sin culpar a nadie, sin terror, sin ambición y
sobretodo sin desapego o indiferencia. Tanta sangre, tanto dolor, tanta
angustia, no han
de ser en vano. Confieso que muchas veces, pensando en el horror de
tantos ciclos de opresión y crueldad, dudo por momentos y una amargura
me inunda inconsolablemente. ¿Serán o no en vano? Pero, incluso que no
lo sean, ¿quién resucita esos millones, quién restituye no sólo la vida,
sino todo lo que les fue arrebatado? Ningún Juicio Final, hijos míos,
les puede dar aquel instante que no vivieron, aquel objeto que no
gozaron, aquel gesto de amor que dejarían "para mañana".
Y, por
eso, nos corresponde mantener el mismo mundo que creamos, con cuidado,
como una cosa que no es sólo nuestra; que nos es entregada para que la
cuidemos respetuosamente en memoria de la sangre que nos corre por las
venas, de nuestra carne que fue otra, del amor que otros no amaron
porque les fue robado.
Traducción: Resih Omar Hernández Beristáin.
(Si bien existen varias versiones al español de este texto, ésta es la traducción que aquí proponemos).