domingo, 20 de septiembre de 2009

Poeira

Hace unos días, mientras pasabas un trapo húmedo por los entrepaños de los libreros, caíste en cuenta de lo mucho que has abandonado tu espacio. El polvo, los objetos fuera de lugar y su amontonamiento, te lo estuvieron echando en cara mientras limpiabas.

Al pasar la mayor parte del día fuera de casa poco a poco olvidaste el entusiasmo con que conformaste tu espacio vital. Sin embargo, mientras acomodabas los libros en sus respectivos entrepaños, te vino a la cabeza aquella ocasión cuando encontraste cerca de tu lugar de trabajo una pequeña biblioteca pública donde, como si te hubiesen sacudido el polvo de la memoria, volviste a conectarte con la disposición necesaria para comenzar el estudio o realizar una lectura -cosa que infructuosamente has conseguido en el cachito de México donde te tocó vivir.

Pero en ese momento, ante el polvo de los libreros, te has dado cuenta de que estás dejando una buena parte de ti en el olvido. Y cual reflejo condicionado, recordaste la escena de esa película argentina llamada "Lugares Comunes" en la que, en un momento de tensión, el personaje principal, de visita en Madrid donde se reúne con su hijo, le reclama a éste por haberse traicionado a sí mismo. Lo acusa de haberle dado la espalda a su amor por la literatura al granjearse un trabajo en el campo de la informática, aunque eso sí, con una buena paga. El hijo argumenta que fue una decisión que tomó “pensando en el futuro”. El padre replica que "el futuro" es una trampa inventada por el sistema para infundir miedo a los individuos y mantenerlos sometidos para siempre. He ahí la razón por la que mucha gente decide no ir detrás de sus sueños.

Estas cosas te vienen a la cabeza justo cuando te encuentras en momentos de difíciles decisiones. No deseas echar por la borda ese año y fracción que pasaste en el Estudio de Arte Guitarrístico; tampoco quieres abandonar tu grupo de teatro, ni mucho menos darle la espalda al estudio de las lenguas romances. Pero la necesidad de sufragar los gastos del día a día con frecuencia te impelen a dejar de lado las actividades que te han proporcionado grandes satisfacciones. En ese sentido, el hecho de abandonarlas –y ha de recalcarse: abandonarlas- en pos de un poco de plata constituye una traición a uno mismo.

Has de buscar la forma de repartirte entre tantas actividades e intereses, a pesar de que con frecuencia desees que el día terrestre tenga más horas y que no te llegue un sueño tan avasallador cuando den las doce. Sólo queda eso: el consuelo de saberte capaz de administrar tu tiempo.

Por otra parte, aunque tengas que seguir abandonando tu espacio y tolerar la recalcitrante presencia del polvo, sabes muy bien que la consecución de tus objetivos a corto y mediano plazo es perentoria, pues el año que viene se anuncia lóbrego e incierto.